A nuestro Martín, tan sociable, tan atrevido, tan descarado a veces, le inquieta dormir fuera de casa. No le gusta hacerlo con sus abuelxs ni con sus hermanxs (que tienen dos casas) ni con sus mejores amigxs.
Cuando era pequeño incluso lloraba desconsolado cuando tenía que hacerlo. En una de esas ocasiones, su abuela Antonia le confeccionó una almohadita a la que abrazarse, amarilla y fresca, para que le sirviera de consuelo. Tenía entonces un año.
Martín ha crecido y su desconsuelo en casas ajenas se ha atenuado. Su abuela Antonia murió hace cinco años, pero la almohadita amarilla (Bebi la llamó cuando aprendió a nombrar sus cosas) aún la acompaña cuando duerme.
Bebi tiene ahora siete años. Ha envejecido y ha perdido consistencia. Se le han descosido las costuras un par de veces y le salen pelotillas de color amarillo pálido. Cuando su aspecto es preocupante, su otra abuela, la abuela Rosi, viene al rescate con su paciencia y con su costura lenta.
Bebi disfrutó hace unos días de una sesión de rejuvenecimiento (¡quién pudiera rejuvenecer con esa facilidad!). Le dieron una buena ducha, le renovaron las puntadas del dobladillo, le engordaron hasta hacerle perder las arrugas y la dejaron como nueva, lista otra vez para acompañar el sueño de Martín. Nadie como las abuelas para cuidar el sueño de lxs niñxs.
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